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Archive for 16 febrero 2011

Zaid no podía explicárselo, pero esos “dolorcitos” de cabeza se hacían constantes. Decía que era como si le dieran pequeños piquetitos, de repente escuchaba un run-run o cambiaba de zona craneal el malestar. Primero le echó la culpa a sus adicciones, después a su eterno insomnio, hasta llegó a jurar que se trataba de su mascota Pelusa, quien le pasaba las pulgas o algún bicho de semejante calaña.

Nada. Ningún médico o curandero aliviaba su mal. Visitó incluso al Brujo Mayor en Catemaco quien lo único que hizo fue causarle salpullido, pues resultó de piel alérgica a la sangre de gallina negra con zumo de chirimoya. Tuvo que raparse.

Ahora no sólo sentía mal, sino que notó que se veía demacrado, en el cuero cabelludo tenía unas ligeras manchitas de color beige, al parecer herencia del salpullido brujeril. El stress lo tenía hundido y empezó a sudar mucho.

Agobiado, luego de una gira por médico de diversos puntos de la República, regresó a la capital y retomó a su neurólogo habitual, quién sólo le daba un botín de pastillas multicolores que reducían un poco la comezón.

Tenía días buenos en que el malestar se hacía casi imperceptible. Pero había otros donde el dolor no lo dejaba dormir. En esos días, buscaba funciones de medianoche para que el cine, al menos, lo distrajera un poco. Una buena película y un poco de té chai lo distraían.

Un buen día, caminando por las calles del Centro, buscaba instrumentos de tortura (los cuales utilizaba en su pobre gato), cuando vio una cafetería y entró, en busca de un chai, al cual parecía se estaba volviendo adicto.

Zaid era un buen hombre. Caballeroso, educado, buen escucha, culto, divertido, noble, tenía una bella sonrisa y una mirada casi angelical. Al entrar al café se encontró con una muchacha joven, bella, tenía el pelo negro, quebrado; parecía que flotaba mientras limpiaba la vieja y aparentemente apolillada barra del lugar. Se sonrieron y ella le preguntó que qué deseaba, “un te chai, por favor” fue la respuesta.

Lo miro asombrada. Sus ojos cafés relucieron con un toque de terror, como si frente a sí se encontrara un fantasma. Ella, petrificada; él, anonadado. “¿Qué pasa” preguntó Zaid, aunque más tarde se arrepentiría de hacerlo.

“¿Padeces migraña o algo así?”, preguntó ella mientras se agachaba para sacar de un cajón bajo la caja registradora una libreta vieja. Ante la respuesta afirmativa de Zaid, empezó a leer:

Chairiosis: Habitualmente manifestada en un dolor de cabeza, en realidad se trata de una enfermedad progresiva provocada por los chairitios, seres diminutos que habitan en el cráneo y lo están taladrando -origen del dolor- para acceder al cerebro.
Una vez ahí se posicionan en los puntos exactos y provocan adicción al té chai, que es donde vienen sus larvas y el medio por el cual infectan a los pacientes.
En su mayor grado de afectación, la chairiosis ocasiona que el enfermo “sude”, lo cual en realidad se trata de la transformación a líquido del cuerpo afectado, que poco a poco se transformará en un líquido lechoso color marrón claro en el cual se alojarán las larvas.
Anteriormente, el paciente debía ser depositado en un contenedor, nunca perdía la conciencia, y era más tarde fragmentado en vasos, provocándole un dolor indescriptible, para ser bebido por los demás, pues se consideraba un manjar y de buena suerte hacerlo, si saber que esto únicamente era el inicio de su contagio y su postrero fin.
Actualmente, la civilización occidental produce en serie el té, sin saber lo que hace. Tener cuidado y evitar su consumo, una vez probado el primero, ya no habrá vuelta atrás.

Ella cerró la libreta, la guardó y dio la vuelta para desaparecer detrás de una cortina roja que daba, seguramente a la cocina del establecimiento. Pasaron un par de minutos y no salió más. Ni un ruido.

Zaid Aitalán no lo quería creer, pero lo creía. Salió de la cafetería y echó a andar, taciturno, hasta perderse entre las calles, sabedor del porqué de sus dolencias.

Al llegar a su casa llamó a la cafetería de su colonia y pidió varios vasos, litros, de té chai, los recibió y decidió quedarse ahí, encerrado, pidiendo más dotaciones cuando fuera necesario, esperando el final…

Foto tomada de: http://colission.com/estilo-de-vida/%C2%BFtienes-antojo-pero-no-sabes-de-que%E2%80%A6-mi-obsesion-con-el-te-chai-latte

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No puedo escribir los versos más tristes esta noche,
tampoco puedo hacer una oda o una alegoría,
ni una fábula ni una canción.

Pero sí puedo abrazarte, besarte.
Mañana escribiremos,
juntos, y cada quien en su hoja en blanco.
Esta noche sólo quiero amarte…

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