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Archive for 25 marzo 2013

Este amor, por ti, amor
me está reventando los ojos
extirpando las tripas
partiendo el corazón.

Mis manos se deshacen
mi cabello se pulveriza
mis pies se vuelven un líquido
corriente y vaporoso.

Cenizas, escombro y carroña
por ti soy, en esta madrugada
y hasta el día que llegue la oscura dama,

la muerte, que sin compasión me diga:
“recoge tus miserias y vuelve a armarte
aún, poeta, no es tu día”.

Mácrom

The Death of Chatterton, de Henry Wallis

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Cae la noche con su lluvia estelar
en medio del suelo volcánico y florido
sopla el viento, cual rugido de jaguar
mientras suena el llanto de un recién nacido:

es el último miembro de una casta
la ilusión de un pueblo adormecido
tiene sangre azul y piel dorada
y mirada de puma enfurecido

lo enojan la injusticia, la ignorancia
la apatía de un pueblo lacerado
lo enternecen las muestras de coraje
los puños en el aire levantados.

Helo aquí. Despierto. Naciendo. En el camino.
Cuidado, mucho cuidado. Está vivo.

Mácrom

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Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer:
Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.

Se deja de querer, y es como un río
cuya corriente fresca ya no calma la sed;
como andar en otoño sobre las hojas secas,
y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer, y es como el ciego
que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;
o como quien despierta recordando un camino,
pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer, como quien deja
de andar por una calle, sin razón, sin saber;
y es hallar un diamante brillando en el rocío,
y que, ya al recogerlo, se evapore también.

Se deja de querer, y es como un viaje
detenido en la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer, y es como un libro
que, aun abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
y es como la sortija que se quitó del dedo,
y sólo así supimos que se marcó en la piel.

Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer…

José Ángel Buesa

 

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