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Archive for 29 enero 2014

Añicos

Despierto sobre un piso sucio y lleno de pequeños brillos ¿qué son? Siento laceraciones por todo mi cuerpo ¿por qué estoy desnudo? doy un paso y siento un piquete en mis plantas. Los brillos son cristal en diminutos fragmentos. Reconozco una figura quebrada y sé sobre qué estoy parado: esferas rotas.

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Siempre he sido eso que los festivos llaman un “grinch”. Este año en mi casa no hubo un solo adorno, razón por la cual recibí algunas críticas. Decidí evitarle a mis amigos el esfuerzo y me autoproclamé “el amargado Dav”.

Rechacé invitaciones y convites. Por eso el día 24 de diciembre decidí recorrer de noche la ciudad en busca de un bar de mala muerte, alcohol barato y mujeres subastadoras de caricias. Me pareció irónico que hasta en algunos de esos lugares tuvieran motivos navideños por doquier. Bastardos.

Al final encontré una pocilga que apestaba a orines y en la cual solo habíamos tres comensales y una mujer vieja tras la barra; el lugar perfecto para olvidar las fiestas que al exterior bullían.

Bebí una botella de algo que presumía ser ron, unas siete cervezas y media botella de tequila. Uno de los parroquianos me ofreció una línea gratuita. Mareado y con mis sentidos alterados salí rumbo a mi departamento de aquel lugar cuya dirección no puedo ubicar. no tardé más de dos cuadras en recargarme en un poste y apoyarme de él para vomitar. Sangre.

Un sanclos me miraba burlón desde la esquina. Era un anuncio de celulares al que pateé con todas mis fuerzas y voló hasta media calle; sonreí al pensar cuántos coches le pasarían encima. Me senté en la orilla de la banqueta y cerré los ojos, imaginando al anciano barbón ajado y ennegrecido.

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Este lugar es extraño y a la vez me parece tan familiar. Es como una vieja fábrica abandonada. Un terreno de uno kilómetro cuadrado, quizá, bardeado por cuatro paredes grises y enmohecidas. El piso es concreto llano, salpicado por millones de trozos de cristal ¿cómo llegué aquí? ¿cómo salgo de aquí? No distingo puertas ni huecos o ventanas.

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Recuerdo la última navidad que se celebró en mi casa, contra mi voluntad, y todo porque mi hijo venía de Canadá a pasar sus vacaciones con nosotros. Mi esposa enfureció cuando me negué a comprar un árbol y solo acepté un pequeño nacimiento en un rincón casi oculto de la sala. No digo que no festejara ver a Rod, eso para mí era motivo de fiesta, pero aborrecía los colores y las luces en exceso. No las hubo, “ya sabes cómo es tu padre”, se quejó ella. Cenamos y brindamos.

Rodrigo traía una noticia: se iba a casar en año nuevo. Yo no podía dejar la redacción, menos en esas fechas, así que Julia se preparó para irse con su hijo a la boda. Nunca entendí porqué no nos avisó con tiempo, así podría haber programado mis vacaciones e irme con ellos. Así me hubiera evitado el dolor de seguir vivo.

Los dejé en el aeropuerto al día siguiente. Al llegar al diario, las pantallas mostraban escenas de la CNN que reportaban el desplome de un avión. Golpeé con fuerza un mini árbol de navidad en el escritorio vecino y un pedazo de esfera de incrusta en mi muñeca izquierda, haciéndola sangrar un poco. Me siento en mi vieja silla e intento negarlo todo.

Si Rodrigo nos hubiera avisado a tiempo de su boda, hubiera programado mis vacaciones. Me hubiera ido con ellos.

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Duelen mis manos. Siento como poco a poco se van entumeciendo, al igual que mis piernas. No puedo creer lo que me está pasando. Veo como caen de mi cráneo mechones de cabello. Veo mi sexo reduciéndose hasta quedar en nada. Veo mi transmutación, y por curioso que parezca, no siento miedo…

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La cocaína mezclada con el ron barato me afectó más de lo que creí. Solo eso explicaría que me encuentre en esta habitación de hospital. No sé si caí en una especie de coma o solo hay lagunas enormes en mi cabeza, pero en la televisión del vecino de cama hablan de la llegada de los Reyes Magos. Recuerdo mis juegos infantiles y los confundo con la infancia de Rodrigo.

No puedo pensar con claridad. Trato de recordar a Julia, inútilmente. Me sorprendo empezando un rezo. Me callo. Me burlo de mí, por ser tan débil y empezar a creer a estas alturas del partido. Suelto una carcajada estruendosa y prolongada que atrae a un par de enfermeras para ver qué me pasa. Cierro los ojos y caigo en un letargo. Me habrán sedado.

Recobró un estado de conciencia bastante ridículo. No puedo abrir los ojos, pero puedo escuchar. Hablan de la fiesta de la Candelaria. Silencio. Hablan de un muerto. Silencio. Escucho palabras sueltas como “fosa común”, “morgue”, “ministerio público” y pienso en el pobre infeliz de mi compañero de habitación en este hospital al que no sé cómo llegué ni cuándo podré salir. ¡Y con tanto trabajo que hay siempre en el periódico!

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Mi piel se torna trasparente, como vidrio fundido que poco a poco se va secando. Hace muchos años realicé un reportaje sobre Chignahuapan y cómo se fabrican las esferas; por ello sé que luzco así. Entonces sé perfectamente qué debo hacer. Con la poca movilidad que me queda empiezo a golpearme el pecho y zapatear fuerte. Por fin escucho el ‘crack’ que bien supuse y lamento no poder escribir sobre lo que está pasando. Sería, sin duda la de ocho. Me desmorono en miles de esquirlas de colores, brillantes. Me hago añicos.

Mácrom

Sin título-1

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Hoy iba a escribir sobre ti, sobre las escaleras que me llevan a ti, sobre la mágica naturaleza que hay en las escaleras que me llevan a ti. Y entonces comprendí. Tú eres las escaleras y el destino. Tú eres la magia y el poema. En tu cuerpo está toda la naturaleza, todas las letras, cada peldaño al clímax.

Pienso en lo que sé y conozco de ti. Pienso en tu sonrisa (un peldaño), en tu mirada (otro peldaño), en tu fortaleza (y brinco de tres en tres los escalones), en tu sencillez (y contemplo el mundo desde esta altura), en tus piernas (pilares de roble-marfil que todo lo sostienen), en tu tesón (y me doy cuenta cuán alto he llegado).

La selva flanquea estas escaleras-mujer que deseo seguir escalando. La selva es misteriosa, llena de animales salvajes, peligros insospechados, miedo, ataduras, quebrantos. Sin embargo, la selva se abre y rinde ante la escalinata de tu ser. Y un poco ante mis pasos.

¿Me devorará la selva o perderé el camino? Solo hay una forma de saberlo. Subo. Subo porque quiero, porque te quiero. Subo, me estremezco, tartamudeo; me lleno de acrofobia. Y escribo. Escribo sobre escaleras de pasamanos de porcelana, sobre una mujer de pisada firme, como de roca.

Esta tarde no habrá poema, tan solo mi visión sobre una escalera…

Mácrom

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Empiezo a odiar los jueves.
Jueves de margaritas que disfruto a jueves de brandy con coca que me ponen ansiosa.
Estoy sentada en la cotidianidad, mirando lo que pudo haber sido, y disfrutando lo que es.
No era resignarse, era sólo avanzar.

De pronto… unos tragos, palabras dichas de una forma extraña: me gust… siempre me has… eres…
¡Ya! ¡Calla, labios de brandy!
Besos alcohólicos de labios de brandy… y algo más. ¡Ya! ¡Para, labios de brandy!
No más, no al menos hoy.
No fueron labios tiernos, labios cálidos, labios dulces.
Desasosiego temporal a preguntas y respuestas, labios de brandy de otra cava.
Puerta abierta fue dejada.
Labios de brandy a veces son labios de vino con queso.
Son labios indefinidos, labios alcohólicos, labios que me marean.
Sólo falta que en otra cava sean labios de chela, labios de champagne, que nunca probaré.
Pondrán ser labios de ron, labios de whisky.
Que sean lo que quieran y cuando sean que me dejen probarlos, para eso son labios alcohólicos y no más.
Quiero beber de tus labios lo único que pueden darme: alcohol embriagante.

Lorelí Strige, escritora mexicana

brandy

 

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.100 veces en 2013. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 18 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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¡Solo!

Solo… Solo… Siempre solo,
¡siempre solo con mis penas!
Solo mientras dura el día,
solo en la noche serena,
solo cuando pienso en Dios,
solo al pensar en la tierra,
solo cuando canto alegre,
¡y solo con mi tristeza!

Solo siempre… Mas ¿por qué,
esa soledad eterna?
Es ¡ay Dios! que el alma mía
no ha hallado su compañera,
y siento que me hace falta
la mitad de mi existencia;
es que soy un pobre loco,
o la humanidad entera
es menos buena que yo,
y que su maldad me aterra;
es que el mundo me rechaza,
o que mi alma le desprecia,
porque en él, ¡ay! no ha podido
encontrar su compañera.

Es que yo adoro las lágrimas
y el mundo se ríe de ellas;
es que es mi ambición muy grande
o que mi alma es muy pequeña:
es que siempre, combatido
por encontradas ideas,
fluctúa mi pensamiento
por que la verdad no encuentra;
es que no tengo la fe
del mártir ni del poeta;
es que todos mis dolores
son despreciables miserias
que no levantan el ánimo
y que las fuerzas enervan;
es que anhelo un imposible,
delirio de mi tristeza;
es que me falta un apoyo
a que asir mi mano trémula;
es ¡ay Dios! que el alma mia
no ha hallado su compañera.

Es que me siento vencido
en esta lucha suprema,
y no hallo un amante seno
donde apoyar mi cabeza,
y a cuyo tibio calor
resuciten mis ideas;
es que veo, a mi pesar,
cerradas todas las puertas,
y solo me ofrece asilo
la muerte… Quizás en ella,
al otro lado del manto
que la eternidad nos vela,
mi alma que triste y doliente
su camino hace en la tierra,
podrá conseguir su anhelo:
encontrar su compañera.

José Campo Arana
Poeta español

Fuente: Proyecto Gutemberg

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Acto Vandálico I

Moscas
revolotean al rededor mío
son rojas, sangrantes
y tienen una forma muy extraña.

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Acto Vandálico II

No hay sonido más hermoso
al menos en esta Tierra
naturaleza muerta,
caminar sobre ella, hojas secas
y de tu brazo, volar…

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Furtivo

Entraré esta noche a tus aposentos
con apetito insaciable
penetraré en tus sueños
me escurriré entre los muros de tu moral
derribaré tus “no”
blandiré mi espada contra tus miedos
que son los míos
y, entonces, ladino
con el corazón en la mano
hurtaré de tu boca un beso.

Y me iré de ahí llevándote conmigo
a donde la aurora agota los deseos
y me quedaré contigo, en tu palacio
preso entre tus labios
escondido y clavado
hasta el fondo de tu aliento.

Mácrom

El Beso - Francesco Hayez

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