Letras Mías

Añicos

Despierto sobre un piso sucio y lleno de pequeños brillos ¿qué son? Siento laceraciones por todo mi cuerpo ¿por qué estoy desnudo? doy un paso y siento un piquete en mis plantas. Los brillos son cristal en diminutos fragmentos. Reconozco una figura quebrada y sé sobre qué estoy parado: esferas rotas.

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Siempre he sido eso que los festivos llaman un “grinch”. Este año en mi casa no hubo un solo adorno, razón por la cual recibí algunas críticas. Decidí evitarle a mis amigos el esfuerzo y me autoproclamé “el amargado Dav”.

Rechacé invitaciones y convites. Por eso el día 24 de diciembre decidí recorrer de noche la ciudad en busca de un bar de mala muerte, alcohol barato y mujeres subastadoras de caricias. Me pareció irónico que hasta en algunos de esos lugares tuvieran motivos navideños por doquier. Bastardos.

Al final encontré una pocilga que apestaba a orines y en la cual solo habíamos tres comensales y una mujer vieja tras la barra; el lugar perfecto para olvidar las fiestas que al exterior bullían.

Bebí una botella de algo que presumía ser ron, unas siete cervezas y media botella de tequila. Uno de los parroquianos me ofreció una línea gratuita. Mareado y con mis sentidos alterados salí rumbo a mi departamento de aquel lugar cuya dirección no puedo ubicar. no tardé más de dos cuadras en recargarme en un poste y apoyarme de él para vomitar. Sangre.

Un sanclos me miraba burlón desde la esquina. Era un anuncio de celulares al que pateé con todas mis fuerzas y voló hasta media calle; sonreí al pensar cuántos coches le pasarían encima. Me senté en la orilla de la banqueta y cerré los ojos, imaginando al anciano barbón ajado y ennegrecido.

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Este lugar es extraño y a la vez me parece tan familiar. Es como una vieja fábrica abandonada. Un terreno de uno kilómetro cuadrado, quizá, bardeado por cuatro paredes grises y enmohecidas. El piso es concreto llano, salpicado por millones de trozos de cristal ¿cómo llegué aquí? ¿cómo salgo de aquí? No distingo puertas ni huecos o ventanas.

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Recuerdo la última navidad que se celebró en mi casa, contra mi voluntad, y todo porque mi hijo venía de Canadá a pasar sus vacaciones con nosotros. Mi esposa enfureció cuando me negué a comprar un árbol y solo acepté un pequeño nacimiento en un rincón casi oculto de la sala. No digo que no festejara ver a Rod, eso para mí era motivo de fiesta, pero aborrecía los colores y las luces en exceso. No las hubo, “ya sabes cómo es tu padre”, se quejó ella. Cenamos y brindamos.

Rodrigo traía una noticia: se iba a casar en año nuevo. Yo no podía dejar la redacción, menos en esas fechas, así que Julia se preparó para irse con su hijo a la boda. Nunca entendí porqué no nos avisó con tiempo, así podría haber programado mis vacaciones e irme con ellos. Así me hubiera evitado el dolor de seguir vivo.

Los dejé en el aeropuerto al día siguiente. Al llegar al diario, las pantallas mostraban escenas de la CNN que reportaban el desplome de un avión. Golpeé con fuerza un mini árbol de navidad en el escritorio vecino y un pedazo de esfera de incrusta en mi muñeca izquierda, haciéndola sangrar un poco. Me siento en mi vieja silla e intento negarlo todo.

Si Rodrigo nos hubiera avisado a tiempo de su boda, hubiera programado mis vacaciones. Me hubiera ido con ellos.

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Duelen mis manos. Siento como poco a poco se van entumeciendo, al igual que mis piernas. No puedo creer lo que me está pasando. Veo como caen de mi cráneo mechones de cabello. Veo mi sexo reduciéndose hasta quedar en nada. Veo mi transmutación, y por curioso que parezca, no siento miedo…

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La cocaína mezclada con el ron barato me afectó más de lo que creí. Solo eso explicaría que me encuentre en esta habitación de hospital. No sé si caí en una especie de coma o solo hay lagunas enormes en mi cabeza, pero en la televisión del vecino de cama hablan de la llegada de los Reyes Magos. Recuerdo mis juegos infantiles y los confundo con la infancia de Rodrigo.

No puedo pensar con claridad. Trato de recordar a Julia, inútilmente. Me sorprendo empezando un rezo. Me callo. Me burlo de mí, por ser tan débil y empezar a creer a estas alturas del partido. Suelto una carcajada estruendosa y prolongada que atrae a un par de enfermeras para ver qué me pasa. Cierro los ojos y caigo en un letargo. Me habrán sedado.

Recobró un estado de conciencia bastante ridículo. No puedo abrir los ojos, pero puedo escuchar. Hablan de la fiesta de la Candelaria. Silencio. Hablan de un muerto. Silencio. Escucho palabras sueltas como “fosa común”, “morgue”, “ministerio público” y pienso en el pobre infeliz de mi compañero de habitación en este hospital al que no sé cómo llegué ni cuándo podré salir. ¡Y con tanto trabajo que hay siempre en el periódico!

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Mi piel se torna trasparente, como vidrio fundido que poco a poco se va secando. Hace muchos años realicé un reportaje sobre Chignahuapan y cómo se fabrican las esferas; por ello sé que luzco así. Entonces sé perfectamente qué debo hacer. Con la poca movilidad que me queda empiezo a golpearme el pecho y zapatear fuerte. Por fin escucho el ‘crack’ que bien supuse y lamento no poder escribir sobre lo que está pasando. Sería, sin duda la de ocho. Me desmorono en miles de esquirlas de colores, brillantes. Me hago añicos.

Mácrom

Sin título-1

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