Letras prestadas

Una temporada en el infierno

«Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían
todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. — Y la hallé
amarga. — Y la insulté.
Me armé contra la justicia.
Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió
mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza
humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido
del animal feroz.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas
de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre.
La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire
del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último
¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había
tal vez de recobrar el apetito.
La caridad es la clave. — ¡Esta inspiración demuestra que soñé!
«Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me coronó
de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos tus
apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»
¡Ah! Ya aguanté demasiado — Pero, querido Satán, te lo suplico,
¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías
rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades
descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos
pliegos de mi cuaderno de condenado.

Arthur Rimbaud
20 de octubre de 1854 – 10 de noviembre de 1891

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