Letras Mías

Vania y el dolor del metro

Un grito estridente acaparó la atención de todos los pasajeros en el vagón. Era una niña pequeña que se retorcía en uno de los asientos del gusano naranja, el dolor la aquejaba. Su padre, un hombre vestido de pantalón de mezclilla y camisa de manta, con sombrero de palma y huaraches de cuero, se rascaba la cabeza sin saber que hacer.

Una mujer le preguntó qué ocurría y de pronto emitió un llamado en voz alta «¿alguien sabe curar el empacho?».

Al fondo del vagón, una mano tímida y arrugada por el paso de los años se levantó sin mas. La señora Damiana caminó lentamente hacia la niña, ayudada por un joven, su nieto. «Necesito acostarla», dijo.

Una mujer ofreció su chal para ponerlo en el suelo gris de sucio y el papá acostó a su hija; un señor se quitó el saco y lo dobló de tal forma que le sirviera a la curandera para arrodillarse y entre dos jóvenes con playeras negras de Iron Maiden y Metallica extendieron sus brazos para que la anciana pudiera bajar a curar a la niña.

«¿Alguien trae un aceite o pomada?», preguntó Damiana. Una joven vestida con traje sastre buscó entre su bolso un aceite aromático que siempre cargaba para ponerse en la nuca y desestresarse en la oficina.

La mujer empezó a masajear la espalda de la niña, que se retorcía en llanto, y de pronto le tomó con los dedos de ambas manos la piel a lo largo de la columna y la levantó dándole unos jalones recios y raudos. «Le está tronando el cuerito», murmuró un hombre, cuyas ropas estaban manchadas de grasa y cemento, al chalán que lo acompañaba.

Tres, cuatro jalones de piel bastaron. La niña dejó de quejarse y, algo agitada, se sentó sobre el chal que yacía en el piso del vagón. «¿Cómo te llamas, mija?», le preguntó la anciana a la niña. «Vania», respondió ella.

La anciana comenzó a llorar. Los muchachos metaleros le ayudaron a incorporarse, mientras la mujer y el oficinista recogían sus prendas del piso.

Alguien preguntó al nieto de Damiana porqué lloraba su abuela. «Mi hermana se llamaba Vania, cuando mis papás se fueron a Estados Unidos nos dejaron con mi abuelita a mi hermana y a mí. Ella tenía ocho años cuando se la llevaron. La abusaron y la mataron y fue entonces que nos venimos del pueblo a la ciudad; porque allá nadie nos hacía caso porque los que lo hicieron fueron los hijos del cacique y ahorita vamos a ver a ver en la Fiscalía si alguien puede ayudarnos a hacer justicia».

El convoy quedó en un silencio sepulcral al oír esas palabras. El hombre que había prestado el saco escribió y mandó un mensaje en su celular: «Voy a llegar tarde». Y ofreció sus servicios de abogado a la sanadora de forma gratuita y acompañarla a la Fiscalía y a donde fuera necesario. Los dos chavos roqueros dijeron que iban con ellos para ver si en bola les hacían más caso.

La pequeña Vania se acercó a la mujer y le ofreció un paliacate rojo para secar sus lágrimas. La señora sonrió y dijo: «nunca pude hacer nada por mi niña para salvarla, ella era como tú».

El papá de Vania preguntó a la señora si tenía donde quedarse en la ciudad y le ofreció su jacalito en la parte rural de Tláhuac; regresó a su asiento y de un costal sacó elotitos tiernos que ofreció a todos los que habían ayudado, eran de su cosecha y subsistía vendiéndolos en un mercado sobre ruedas.

Vania, ahora risueña, abrazaba a su curadora. La joven del aceite sacó un pañuelo desechable para secar sus lágrimas ante la escena. De pronto, una voz medio robótica anunciaba: «En un momento, reanudaremos el servicio».

Fue entonces cuando todos se percataron que el gusano naranja estaba detenido en uno de los túneles. No más de 30 personas atrapadas, cada una empezó a ocupar los asientos disponibles. El metro empezó a andar. Mientras, afuera del complejo sistema de transporte colectivo, la lluvia caía ligera. La ciudad, enternecida, lloraba.

Foto: Pixabay

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