Letras Mías

El último convoy

Jessica esperaba el último convoy del metro en un andén desierto. De pronto sintió cómo la empujaban hacia las vías, y aunque pudo sobreponerse y no caer, quedó intranquila. Vio al policía de la estación y corrió hacia el para notificar el ataque.
«No, señito, aquí no hay nadie. Yo que usted mejor no me iba hasta adelante, porque ahí es donde pasan estás cosas».
Jessica caminó hasta la parte central del andén, acompañada del policía, quién la miró compasivo. Se despidió de ella y fue hacia las rejas de la estación, para cerrarlas.
Puso todas las cadenas, candados y apagó las luces.
Salió de la estación y echó llave al último cerrojo. Se fue rengeando. Eran ya 25 años de trabajar en la estación y 15 de «salvarle» casa noche la vida a una joven que una noche fue asesinada por su novio, quién la aventó a las vías al paso del último tren del día.
Cuando el viejo guardia no iba a los andenes a buscarla y pedirle que se recorriera al centro de la estación, los lamentos de un alma se repetían y helaban su sangre.
Él siempre lamentará no haberlo evitado en el pasado. Ella ni siquiera lo recuerda pero, cada noche, él la busca y le habla tras el primer intento del ayer por revivir aquélla vez.
El hombre camina a su casa. Ella se desvanece «viva». Hasta mañana…

Mácrom

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