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Archive for 24 agosto 2012

He visto a los mejores cerebros
de vuestra generación vomitando
las palomitas que sus padres les pagan,
limpiándose la regla con las manos
y luego las manos en la pared.
He limpiado trozos de mierda
depositados deliberadamente
sobre la taza de cada uno
de los dieciséis urinarios de este cine
por dos evanescentes muchachas
a las que no consentí fumar
en el pasillo. Sé cuántos y quiénes
de vosotros se mean en los vasos
de cocacola mientras la sala esté a oscuras
-luego salís del cine tan serios,
con el gesto de un pájaro fascinador
y el comentario erguido sobre el labio:
no ha estado mal”-.
A mí, normalmente no me veis.
Yo
no existe.
Soy la que limpia.
El testigo de la fisiología
vuestra; testigo de la carne.
Y sin embargo, en los aseos,
al lado del excremento,
a veces, la Palabra: “el amor es tal
que cuando tú tienes algo
el otro necesita una cosa distinta”.

Cristina Morano “poetisa de bisturí”, española.

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Corazón de piedra

Quisiste un corazón de piedra
en lugar del de manzana que traías,
no querías que los gusanos te rondaran
y vivieran en su dulce pulpa,
ahora lloras
cuando el gusano de la noche
regresa de masticar manzanas
y refresca las llagas de su boca
chupando tu frío y solitario corazón.

Enrique Pellejer Calamar, poeta español

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El viajero de Venus.

Lo vi venir
certero cual Guilermo Tell
rápido como el rayo
y a la vez fugaz como los sueños.
Nadie supo de su llegada
ni vio las heridas
nadie miró su partida
agitando los pañuelos.
Él simplemente se fue
raudo, como vino,
y sin decir palabra
azotó mi sino.
Hoy me alimento del olvido
del tiempo y la distancia
bebo el néctar de la indiferencia
duermo en un lecho vacío,
vacío de perefumes
de sombras y venusinos
camino por sendas llenas de espinos
voy hacia la luz.

Si algún día regresa
él sabe: no será bienvenido.

Mácrom

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Bésame, bésame mucho,
Como si fuera esta noche
La última vez.

Bésame, bésame mucho,
Que tengo miedo a tenerte
Perderte después.

Quiero tenerte muy cerca,
Mirarme en tus ojos,
Y tenerte junto a mi.

Piensa que tal vez mañana,
Estaré muy lejos,
Muy lejos de ti.

Bésame, bésame mucho,
Que tengo miedo a perderte
Perderte después.

Consuelito Velázquez

¿Sabían que Consuelo Velázquez Torres cuando compuso la canción de BÉSAME MUCHO tenía 16 años y nunca había besado?

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Sol negro

Este Sol no es como ninguno de esos otros Soles
No está en el Cielo
Ni en el Mar
No se levanta
Ni se esconde
Viene
Viene de lo más profundo
De Mí
De nosotros
Y no hay Eclipse que lo cubra
Ni Noche que derribe
Su marcha
Mi sol es una diosa, una mujer, una niña
Y no mira nada
Sino que marcha
Viene vestido de desorden
Para poner en orden el corazón de los hombres.

Bocar Diong, poeta senegalés

Melimoyu. La Luz del Sol Negro surge desde el Sur de Chile, pintura de Rafael Videla Eissmann

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Dulce fantasma, ¿por qué me visitas
como en otros tiempos
nuestros cuerpos se visitaban?
Me roza la piel tu transparencia,
me invita a rehacernos caricias imposibles:
nadie recibió nunca un beso
de un rostro consumido.

Pero insistes, dulzura. Oigo tu voz,
la misma voz, el mismo timbre,
las mismas leves sílabas,
y aquel largo jadeo
en que te desvanecías de placer,
y nuestro final descanso de gamuza.

Entonces, convicto,
oigo tu nombre, única parte tuya indisoluble
música pura en continua existencia.

¿A qué me abro?, a ese aire imposible
en que te has convertido
y beso, beso esa nada intensamente.

Carlos Drummond de Andrade, periodista brasileño

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Hace tiempo

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

Francisca Aguirre, poetisa española.

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